Para Josué Llorente.
No sé cómo empezar esta carta. Tal vez porque tus palabras me golpearon justo en ese lugar del que siempre trato de huir: el que duele. Mientras leía lo de Mario, no podía evitar preguntarme cuántos “Mario Avelar” hay dentro de ti, o quizá dentro de todos, aferrándonos a rituales, a vicios, a pequeños refugios donde la vida parece más soportable, más vivible.
¿Y sabes? Siento que escribir es eso: un acto radical, como fumar bajo la luz de una farola, aunque no podamos controlar del todo si seremos recordados como “el señor triste que fuma” o como “el soñador que encuentra el alma en el humo”. Mario me recuerda a esas partes de nosotros que preferimos ignorar, las que nos duelen porque son ciertas.
Yo también he tenido rituales desde que dejamos de ser nosotros, solo que los míos no tienen poesía, Josué. Los míos son silencios, noches enteras mirando el techo, tratando de descifrar en qué momento las cosas dejaron de tener sentido. También he soñado; pero mis sueños no son quirófanos ni muñecos de nieve, son, más bien, recuerdos tuyos que se cuelan sin permiso, que me despiertan de madrugada y me dejan vacía.
Dices que estás cansado, que escuchas tu alma, pero ¿Qué hago yo con la mía? Porque desde que te fuiste siento que está atrapada, como si respirara a medias, como si también le doliera.
Cuando mencionaste el texto de Mariana y que esperabas que pensaran de ti al leer el fragmento, no pude evitar sentir esa punzada de nostalgia, porque a veces también desearía que alguien pensara en mí, así como tú piensas en ella; con esa mezcla de admiración y cariño que se siente tan genuina. Me alegra saber que puedas mantener esa conexión, pero, también recuerda lo que no pudimos mantener nosotros. Y eso me duele, Josué. Extrañarte es lo que más detesto. Detesto hacerlo; pensar en ti cuando leo las cosas como las que escribes, o cuando escucho la música que me enseñaste. Porque me duele admitir que te sigo queriendo, porque no quiero hacerlo.
A veces, cuando pienso en todo esto, en lo que escribes, en lo que fuimos, me pregunto cómo es que llegamos aquí. ¿Fue mi error amarte como lo hice? ¿Tomar todas esas decisiones?
Te agradezco que sigas escribiéndome, a pesar del ruido que traen el tiempo y la distancia, tus palabras llenan como un eco que se niega a desvanecerse. Saber que aún buscas tu alma entre los fragmentos que escribes, me da una extraña paz, como si, de algún modo, aún compartiéramos algo que no se ha roto del todo.
Aquí estoy, en silencio, esperando la próxima carta, aunque no sepa si será la última.
Ana.
