Gloria a la comunidad, cálido abrigo de futuro.
Gloria al grupo que irriga las presentes flores.
Gloria a mi gente que cuida los frutos de los suyos.
Gloria a los que protegen a los ya cansados árboles.
Me debo a aquellos que dieron de beber a la tierra
y que marchitaron sus manos para hacer reverdecer las cañas.
Soy, gracias a los mezcladores de arena y cal,
artesanos de la realidad.
Gracias a los alquimistas del sabor,
a los evitadores de balas,
a los proveedores de ilustraciones y letras
y los ángeles de cofia y guantes.
Esto es para los absorbedores de conocimiento,
los sentidores de acordes,
los ensambladores de palabras
y los buscadores del color.
Para mis físicos poetas,
para mis químicos cuentistas,
para mis biólogos artistas
y mis filósofos de banqueta.
Para mis médicos encestadores
y mis abogados ciclistas.
Para mis arquitectos goleadores
y mis profesores beisbolistas.
Para mis músicos agricultores.
Para mis fotógrafos doctores.
Para mis ingenieros dibujantes.
Para los obreros cantores.
Gracias y gloria para los míos,
ignorantes de su injerencia en mi contexto.
Simbiontes eternamente necesarios,
sumergidos en el mutualismo obligado.
Gloria incluso a los individualistas detractores de la naturaleza.
Gracias y gloria para los míos.
Gracias y gloria para tuyos.
Gracias y gloria para los nuestros… para ti.
Por: Pablo A. Ramos

