Caricias en otro idioma

Por: Esau Aldaba Ramos

La cocina es algo que me apasiona demasiado, que me permite jugar y experimentar con los ingredientes, con sus sabores, aromas, texturas y colores. Además, encontré en la cocina una forma de demostrar mi amor y cariño a los demás, en especial con la repostería y panadería cuyos sabores y aromas dulces pueden dar alegría a un día gris.

Remontándome a mi niñez es fácil encontrar el cómo esta pasión se fue cosechando en mí. Recuerdo esas tardes de sábado en casa de mis abuelos, éramos un trio de niños correteando y parloteando por todo el patio y el jardín, sintiéndonos libres después de esas largas horas de sufrimiento que soportamos en la escuela durante toda la semana. De pronto de entre todas esas risas y gritos que interrumpían la calma que se vivía en aquel hogar, emergía una voz desde una de las ventanas de la cocina, una voz de autoridad, aunque siempre dulce y amable, perteneciente a una mujer admirable a la que llamábamos “abuelita chole”.

Los tres entrabamos de prisa a la cocina donde mi abuelita nos esperaba ya con harina, huevos, azúcar, manteca, leche y polvo para hornear sobre la mesa e instintivamente sabíamos que era la hora de preparar sus sabrosas donas. Ella volcaba el saco de harina sobre un cacito que ahora parecía tener dentro una de esas montañas nevadas, que, aunque nunca había visto con mis propios ojos, se parecía a aquellas fotografías que veía en los libros de la escuela; sin embargo, la integridad de aquella montaña se ponía en peligro cuando un puñado de azúcar le caía encima, en seguida, mi abuelita procedía a hacerle un hueco en el centro, ahora esa montaña ya asemejaba más a un volcán. Le seguía entonces una lluvia compuesta de polvo para hornear y una pizca de sal, seguido del desplome de un par de huevos, una cucharada de manteca y un chorro de leche. Finalmente caían sobre aquel “volcán” unas pequeñas partículas que emanaban un aroma cítrico y fresco que habían pertenecido antes a la piel de una naranja, que ahora estaba casi desnuda. Mi abuelita mezclaba aquellos ingredientes hasta que se convertían en una masa algo uniforme. Recuerdo como sus manos, ya desgastadas por el trabajo y el paso del tiempo, parecían desmoronarse y mezclarse con aquella masa a la que no dejaban de darle batalla; recuerdo también sus ojos y su boca regalándome una sonrisa que me hacían sentir su amor y me llenaban de alegría.

Después del amasado dejaba reposar un ratito la masa mientras mí abuelito nos contaba una de sus fabulosas historias, por ejemplo, cuando mi madre era pequeña y ambos junto con mis tíos recorrían maravillosos paisajes para llegar hasta los sembradíos a trabajar. Después del relato, mi abuelita extendía la masa sobre la mesa que ya antes había cubierto con una ligera capa de harina y entonces nosotros cortábamos las donas con un vaso, obteniendo un círculo medianamente perfecto al que se le retiraba el centro con ayuda de una tapadera perteneciente a la botella del refresco que habíamos tomado a la hora de la comida, con la precisión que pude ofrecer un niño poco cuidadoso y que además apresuraba el proceso para probar aquellas donas lo antes posible. Finalmente ella freía las donas en aceite y una vez listas, nosotros las revolcábamos en una mezcla de azúcar y canela que habíamos preparado previamente triturando dentro de una bolsa un trocito de canela con una roca hasta que quedara muy finita, como aquella tierra en la que mi abuelito sembraba sus verduras, enseguida la mezclábamos con el azúcar en un platito y la mezcla estaba lista.

He modificado la receta cambiando algunos ingredientes, la manteca por mantequilla, ya que esta última aporta un sabor más dulce y una textura más suave a la masa y el polvo para hornear por levadura, que proporciona una mayor esponjosidad al cocinar las donas. También he agregado otros, como por ejemplo, un ligero toque avainillado o un toque de nuez, que suelo usar dependiendo del humor del día, en días nostálgicos aparece la nuez, que proporciona un aroma tenue, pero, un sabor delicioso y en los días alegres, un toque avainillado o cítrico proporcionan sabor delicioso y liberan un aroma exquisito. Aunque también hay días en los que mi curiosidad me gana y mezclo varios de estos ingredientes, dando por lo regular mezclas de aromas algo extrañas, pero muy sabrosas.

También he experimentado con distintas decoraciones, desde la clásica azúcar y canela hasta los glaseados y chocolates con pequeños adornos de sprinkles o perlitas de azúcar. Sin embargo, cada vez que preparo donas recuerdo las manos, ojos y sonrisa de mi abuelita, una gran mujer, valiente y amorosa hasta el final, recuerdo su voz llamándonos, recuerdo su mirada y su sonrisa llena de amor, pero sobre todo recuerdo sus manos luchando con aquella masa, estrujándola con maniobras tal vez bruscas, pero que si lo pensamos bien eran un par de manos regalándonos caricias en otro idioma.

Créditos adicionales:
Fotografía: Sebastián Aldaba de Lira

La Revista de Arena

"La arena como el tiempo es infinita y el tiempo como la arena borrará mis huellas y perderá mi rastro"